LOS NACIONALISMOS CULPABLES

Por Joan B. Culla

Con la ofensiva dialéctica contra el proceso soberanista catalán pasa como con el cerdo: que se aprovecha todo.

Un día te puedes encontrar con la imaginación desmedida de cualquier demagogo de taberna, según el cual Cataluña está al mando de una panda de chorizos que quieren la independència solo por quedar fuera del alcance de la Guardia Civil.

Otro día te encuentras con un artículo sesudo de un catedrático de sociología (Enrique Gil Calvo en El País del 31 de diciembre, por ejemplo) que explica la súbita regresión de los catalanes hacia el “nacionalismo étnico, victimista y anti-español” debido al “modelo de familia troncal, basada en la autoridad paterna y el reparto desigual de la herencia en beneficio del primogénito, con exclusión del igualitarismo fraterno”.

Así pues la culpable de “la aventura secesionista emprendida por Artur Mas” es  la institución del primogénito… ¿Quien nos lo iba a decir?

En este contexto de no dejar títere con cabeza, la incipiente conmemoración del centenario de la Gran Guerra ha permitido poner encima de la mesa otra línea argumental: aquella conflagración bélica, y el subsiguiente suicidio de Europa, fueron provocados… por el nacionalismo. Por un nacionalismo genérico, sin apellidos, pero que rima siempre con la irracionalidad, el uso de la fuerza y la confrontación con el otro.

Un argumento a partir del cual, quien quiera establecer paralelismos con la situación catalana actual,  lo tiene muy fácil.

Pues sí, es cierto que la Guerra iniciada el agosto de 1914 fue provocada en buena parte por los nacionalismos.
Pero, ¿quiénes y de qué manera?.

Gavrilo Princip y sus cómplices -los asesinos en Sarajevo del príncipe heredero de Austria-Hungría  un 28 de junio-, así como los inductores del magnicidio desde sus despachos en Belgrado, fueron partidarios fanáticos de la Gran Serbia. Es decir, los predecesores directos -en las ideas, en los objetivos y en los métodos- de Slobodan Milosevic, Radovan Karadzic, Ratko Mladic y compañía.

Una panda de criminales que, ocho décadas después, provocaron un baño de sangre en los Balcanes occidentales, en nombre del mismo nacionalismo granserbio: agresivo y dominador. Ningún nacionalista esloveno, ni croata, ni macedónico, ni kosovar tuvo nada que ver en el desarrollo de aquella crisis.

Que un conflicto, en principio regional, susceptible de originar una pequeña guerra balcánica entre el Imperio Austrohúngaro y el Reino de Serbia, acabase transformándose a lo largo de cinco semanas en una convulsión continental, arrastrando hacia el matadero a todas las potencias europeas, también fue culpa de los nacionalismos.

Aunque no fue la culpa de los pequeños nacionalismos de liberación que, pacíficos y desarmados en su mayoría, resisten las políticas asimilacionistas de los grandes imperios.

No fueron los nacionalistas finlandeses, ni los letones, ni los lituanos, ni los ucranianos, ni tan siquiera los polacos los que, entre el 29 de junio y el 2 de agosto de 1914, presionaron o empujaron al Zar de Rusia a apoyar a Serbia y a movilizar su ejército.

Tampoco fueron las minorías nacionales de la periferia del Reich alemán quienes, en nombre de alguna especie de irredentismo, incitaron a Berlín a declarar la guerra a Rusia y a Francia.

Cuando por fin Londres decidió abandonar su “espléndido aislamiento” y entrar en el conflicto, no fue a instancias de los nacionalistas irlandeses (bastante alterados en aquel momento), sinó en respuesta a la violación alemana de la neutralidad de Bélgica.

Es cierto que, durante los cinco años siguientes, muchos de estos nacionalismos intentaron aprovechar la guerra y la fractura de los imperios para conseguir la independencia de sus naciones.

Pero lo que allanó el camino hacia la matanza fueron otros nacionalismos: los de estado, los hegemonistas, los de las grandes potencias.

La rusa, impaciente para borrar la humillación de la derrota ante de los japoneses en el 1905, estaba convencida de que un triunfo militar daría legitimidad al régimen. La alemana, obsesionada por igualar o superar la potencia británica ansiaba obtener -como diría el canciller Bülow- “nuestro sitio bajo el sol”. La francesa, que llevaba casi medio siglo masticando la revancha y suspirando por la recuperación de Alsacia y Lorena…

Si en aquel verano trágico había en Europa alguien capaz de unir y movilizar las clases trabajadoras del continente contra la guerra, esté alguien era Jean Jaurès. El gran Jaurès.

Sin embargo, como ya sabemos, el líder socialista fue asesinado en París la noche del viernes 31 de julio de 1914, mientras cenaba con un grupo de amigos. Su asesino, de nombre Raoul Villain, no era un separatista bretón, ni un terrorista corso; era un nacionalista francés, un patriota ferviente y fanático para quien el pacifismo y el internacionalismo de Jaurès lo convertían en un traidor.

No era un opinión aislada ni excéntrica, porque cuando en el 1919 Villain fue juzgado, la sentencia fue absolutoria… Curiosamente, lo ejecutaron anarquistas catalanes, en Ibiza, el septiembre de 1936.

Rememoramos a buena hora la Gran Guerra. Pero, por favor, manipulaciones, las justas.

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