NAVIDAD EN ALTA MAR

“¿Como lo podemos permitir? ¿Como nos lo podremos explicar algún día? ¿Que esperamos? Apoyarlos no es tan solo un acto de justicia, sinó una vindiación de nuestra propia historia.”

Por Quim Torra, un año atràs.

Embarcamos en Marsella, un dia de diciembre.

Era el inicio del final de una huída que empezó casi un año atràs, en los últimos días de la Cataluña republicana. Con un bibliobús del servicio de bibliotecas al frente, atravesamos aquellas carreteras que comenzaban a llenarse con el gran éxodo de una pueblo que avanzaba derrotado y silencioso.

Todo pasaba deprisa, en aquel primer año del exilio, excepto para los miles de catalanes que seguían esperando y esperando en los campos de concentracion nord-catalanes. El inicio de la Segunda Guerra Mundial provocó un nuevo éxodo, aún más acelerado. Tenías que decidir el futuro en segundos, Decenas de famílias escogieron Sudamérica.

Y llegó Navidad.

En Prada, bajo el amparo de Pau Casals, las famílias de Pompeu Frabra i Joan Alavedra cantaban canciones frente al Belén. En París, la família Carrasco i Formiguera lloraba al padre ausente. Lluís Companys estabá con el Lluíset, su amado hijo. Y miles de catalanes encontraban un momento para decirse mútuamente Feliz Navidad en los campos d’Argelers o Sant Cebrià, o en decenas de pequeñas poblaciones francesas. Pronto muchos se incorporarán a la resistencia, y cabalgando un destino de tragedias, acabarán en el peor infierno posible, inimaginable: Mauthausen.

También habían catalanes a la URSS. Algunos aviadores catalanes se desplazaron a Moscu. También ellos serán víctimas del totalitarismo y acabarán llenando los inacabables campos del Gulag.

A bordo del Florida, la madre del Francesc Trabal hizo un pequeño Belén,

y la esposa de Joan Oliver también, aprovechando unas figuritas provenzales, a las cuales le añadió “un prado de pañuelo verde y una estrella de papel de plata”. Y los hijos de Benguer cantaban villancicos “sólo con la zambomba del agua vertida por la proa”.

Trabal mismo, el diciembre siguiente, en la revista Germanor, explicaba: “Una gran paz ayudó al paso del barco aquella noche en ruta vía Río de Janeiro. El agua no se movía. Ninguna luz no revelaba nuestro camino hacia la inmensidad. Éramos un copo que el viento de Europa balanceaba hacia éste lado del mundo y que un cura patriota vasco bendecía a medianoche, entonando con la boca cerrada la hosanna de paz y de fe en una transfiguración que nos daba fuerza. Alzamos los ojos al inifinito, en la dulce hora nocturna, y aún descubrimos el ángel de la Navidad que no señalaba la ruta. Y poco después veíamos las primeras luces de América, dándonos un vuelco el corazón”.

Pareció como si en aquella Navidad de 1939 todo se detuviera y por primera vez el exilio completo tomara consciencia de la certeza de la patria perdida, esquivada hasta ese momento en la rutina de la supervivencia.

¡Navidad de exilio!

Posiblemente no hay un momento más triste. Miles de ciudadanos de todo el mundo viviran este año el suyo. Y muchos en alta mar, también, en medio del frio y la tormenta, pero no dentro de un buque, sinó de una balsa ajada y deshecha. Y vivirán lo mismo que vivimos nosotros y añorarán lo mismo que añoramos nosotros. Pero no tendrán tiempo de mirar el cielo ni las estrellas, y en lugar de paz sólo sentiran miedo. Lo han perdido todo, solo puede confiar en la buena fe de los hombres de buena voluntad. La noche será oscura como boca de lobo.

¿Como lo podemos permitir?

¿Como nos lo podremos explicar algún día? ¿Que esperamos? Apoyarlos no es tan solo un acto de justicia, sinó una vindiación de nuestra propia historia.

Feliz Navidad.

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